lunes, 9 de noviembre de 2009

Encerrada

Despierto. Al abrir los ojos me doy cuenta que estoy en un lugar totalmente oscuro, sin luz ni vida. Bajo mi cuerpo, siento el duro y frío suelo. No veo absolutamente nada, solo oscuridad. Me incorporo lentamente para no caer al suelo e intento caminar. Pero a los dos pasos, me topo de bruces contra algo sólido y tan frío como el suelo. Me doy la vuelta para buscar por otro lado la salida, algo que emita luz o algún indicio de...algo. Pero me pasa exactamente lo mismo a los cuatro pasos. Sigo la superficie palpandola con mis manos. Recto, hasta los siguientes dos pasos, que encuentro una esquina. Vuelve a seguir recta, pero se detiene a los cuatro pasos de nuevo. Finalmente, me doy cuenta de que estoy totalmente encerrada, en un lugar que no conozco, oscuro y rodeada de cuatro paredes que no me dejan apenas caminar. El aire...parece suficiente, quizá haya algo de ventilación. Pero me desespero y golpeo brutalmente las paredes con los puños, creando sonoros gritos y aullidos de dolor al sentir como mis manos golpean. Segundos, minutos, horas o tal vez días pasan... ya no puedo golpear más, mis manos rotas me impiden hacerlo, mi voz casi se ha ido de tanto usarla.

De pronto, una intensa luz daña mis ojos. Los mantengo entrecerrados, intentando acostumbrarme a la luz. Poco a poco, voy enfocando algunas cosas. Me encuentro en una amplia habitación, totalmente extensa. En sus paredes, están colocados de forma sucesiva cientos, miles de cuadros antiguos. En ellos aparecen las mismas personas siempre. Un hombre con aspecto autoritario, imponente y aparentemente severo, que en todos los cuadros parece como si me observase fijamente. Junto a él, siempre hay una mujer. En algunos cuadros sonríe, en otros parece tan enfadada que casi me encoge de miedo el corazón...aunque ya lo está. Ella también me observa fijamente.

Pero no logro entender, como estando dentro de una habitación tan amplia puedo moverme tan poco. Intento acercarme a los cuadros, cuyos rostros me resultan tan familiares. Pero a los cuatro pasos, impacto contra algo invisible...las cuatro paredes. Miles de ojos observan como golpeo de nuevo la superficie invisible, esta vez con la cabeza. Mi llanto desesperando vuelve a inundar la habitación. Al sentir el calor de la sangre bajar por mi rostro, empiezo a sentir como me invade la oscuridad, mientras en mis oidos resuenan las risas... risas de satisfacción que salen de los cuadros solo por saber que aún sigo encerrada.

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