viernes, 30 de octubre de 2009

Muñeca de porcelana

Ella me observaba desde lo alto del enorme televisor. Tan pequeña, con sus rasgos perfectos, sus ojos, que me miraban fijamente. Los pequeños bracitos ligeramente curvados hacia delante. La nariz, los pómulos y las piernas, todo diminuto. Un vestido rojo cubría su torso.

Un torso frío. Como el mármol, o más bien la porcelana. Tan frágil que con una pequeña caida o golpe se puede romper en mil pedazos. Tan pálida que el pequeño rubor de sus pómulos parecía rojo sangre en comparación con su color albino. Y me miraba, me llamaba a que la cogiera con delicadeza y que la cuidara.

Muñequita de porcelana, debí hacerte caso en su momento, colocarte en mis manos suavemente y esconderte. Aun no olvido tus suaves cabellos negros, ni el terciopelo de tu vestido rojo escarlata, con encajes blancos y delicados lazos negros que trazaban la forma de tu torso.

Rota, despreciada y abandonada has acabado, debí haberte cogido, para librarte de ese cruel destino que una muñeca tan hermosa, frágil y pequeña no merecía.

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